jueves, 25 de junio de 2026

Invierno

 Oro, brasa, cobre, rubí. 
Avanzo en silencio, como flotando, para no romper el encanto. No quiero que me escuchen y se difumine la maravilla. Allí están los elegantes señores Liquidambar , los siempre jóvenes Fresnos Dorados, las Casuarinas de pie, todas juntas y prolijas a un costado, la bellísima Dama del Gkingo, y el imponente y majestuoso Roble, que es sin dudas el señor y anfitrión en esta tertulia. Los pájaros conversan y el viento se divierte paseando suavemente las hojas de unos y otros de aquí para allá. En la calle no hay nadie, estarán todos en la escuela, en el trabajo, o en casa, cerquita de una chimenea, porque el Frío está llegando. 
Los miro a cierta distancia. No hay dudas, están celebrando una fiesta. Una fiesta armoniosa y elegante. Toman algo caliente, me parece que es té. Y bailan, por supuesto, con movimientos calmos y alegres. Es la fiesta en la que se despiden todos de sus ropajes lujosos y se abre la puerta del Invierno. 
El Frío llega en un trineo, cargado de mantas, ricas sopas, chispas como estrellas, tortas tibias de manzana y tés para compartir, vapor para que los chicos dibujen en las ventanas y cosquillas heladas para las narices.

Y ellos hacen lugar entre sus ramas, para que podamos ver el Cielo a través de ellas y no perdamos la esperanza. 






martes, 23 de junio de 2026

Santa Rita, Santa Rita...

 En mi barrio hay una casa que van a demoler. Otra de tantas... Es una historia que se repite bastante, porque cada vez es menos la gente que vive en casas con alma y jardín.
No es una joya arquitectónica, pero para los que conocen el arte de la atención, guarda en sus rincones detalles y guiños que cuentan la historia de una familia. 
 Hace meses está sola, esperando que se cumpla su sentencia de muerte. No debe ser fácil vivir así, esperando que una bobcat arrolladora termine con su vida, sin más. Sé que el sol de la mañana la visita cada día y echa un poco de luz en su interior, sediento de la claridad sonora de antaño. 
Y yo, cada vez que paso la miro y la saludo. E imagino las risas de todos los niños que la habitaron, la ropa al sol, la pava calentita para un mate abajo de la glicina. 
Hoy la miré queriendo escucharla, como tantas veces, y vi la santa Rita florecida. No sé si es época, y no creo que nadie la riegue. Pero floreció. Para nadie, o para todos. Porque lo tenía dentro nomás. 



viernes, 12 de diciembre de 2025

Coplitas a San José

 Ábrame la puerta, 

Señor San José, 

Que vengo de lejos 

A hablar con usté.


Le traigo al Niñito 

Un poncho de lana 

Pa' ahuyentar el frío...

Lo tejió mi mama.


A Nuestra Señora

Traje un delantal, 

Un ramo de rosas 

Y un sabroso pan. 


Y a usté, que es mi amigo,

¿Qué le voy a dar?

Pues yo no he venido 

Tan solo a implorar.


Le traigo mis mates 

De cada mañana, 

Labores de tarde,

Le dejo mi alma. 


Tan solo una cosa

Le pido, José:

Queremos pasar

La noche en Belén.


Vengo con los míos 

A adorar al Rey,

Ábranos, le pido,

Señor San José.

miércoles, 16 de julio de 2025

Esperanza


Es tan fácil nombrarla cuando todo va bien. Cuando la vida va al paso, tranquila y encaminada, un día detrás del otro, sin sobresaltos…Cuando los días son de un cielo límpido y claro, la brisa apenas nos despeina para traernos al aroma de los eucaliptos o del pasto recién cortado. Las cosas marchan, los hijos en casa, la casa en orden y la comida lista. ¡Ah, sí!, la esperanza.

Pero cuando el asunto se complica, cuando la tempestad arrecia, cuando la brisa se torna viento frío que nos cachetea y el sol se esconde tras nubarrones negros, y se oscurece el cielo hasta permitirnos dudar que alguna vez hayamos visto al astro rey, ah, ahí es difícil nombrarla.

Hacemos el intento de traerla a nuestra mesa, de invitar a la Esperanza a que se siente con nosotros en la sala de espera. Y parece entonces como si quisiéramos traer a una pequeña amiga de la infancia a acompañarnos. Y un poco es así. Peguy decía que la Esperanza es la hermanita menor de las virtudes teologales.

“Si no os hacéis como niños” escucho como un susurro. Y hacerse como niños es esperar confiados, como cuando éramos chicos y corríamos a los brazos de papá si teníamos miedo, o si nos dolía algo. Sin teorías, sin fundamentaciones de libros y papeles. Simplemente, en brazos de papá todo era más llevadero, y los problemas cobraban su dimensión real. Pienso ahora que quizás no nos dábamos cuenta, pero desde ahí arriba, veíamos mejor la realidad.

Y la esperanza es eso: correr a los brazos del Padre cuando la tempestad arrecia. Darle nuestro corazón estrujado y pedirle que lo arregle. Y ahí, en sus brazos, descansar la cabeza en Su corazón. Como los niños.


 

viernes, 11 de julio de 2025

Despacito y buena letra...

 «Despacito y buena letra, que el hacer las cosas bien, importa más que el hacerlas» Antonio Machado


Aprovecho un ratito antes de preparar la comida de la noche para poner algunas ideas en orden. O más o menos. Por las dudas, vaya la aclaración: no es una apología de la vagancia, ni una crítica a las actividades “extraprogramáticas” de los chicos en sí mismas, ni el panfleto de una "cruzada amish". Son cosas que vengo pensando, y que creo que es bueno poner por escrito para seguir pensándolas, y con el ida y vuelta que genera esto, seguir dándoles vueltas.

Estoy hace varios días sin teléfono, porque se rompió y el arreglo está tardando más de lo previsto. Ya de por sí, arreglar un aparato, es algo que no se estila, pero quise hacer el intento. 

No me había dado cuenta para cuántas cosas lo uso, hasta que me quedé sin él. Comunicaciones, agenda, pagos, miles y miles de recordatorios, para llevar a los chicos al médico e ir a la farmacia e incluso para escribir, para escuchar música, para buscar recetas de cocina y un largo etcétera. 

En estos pocos días sin el telefonito, tuve que volver a lo viejo en muchas cosas. (“Lo viejo funciona, Juan”, habrá pensado alguno).

 En el auto volví a escuchar CDs. Tengo unos "nuevos", de Tonny Bennet y Frank Sinatra, otros de folklore, Silvio Rodriguez, Promúsica de Rosario, y hasta guitarra clásica, la verdad es que no nos aburrimos. Escuchar un CD implica elegir, (intentando no pelear) y después, que suene una canción atrás de la otra del mismo cantante: estamos escuchando una música y no saltamos a otra y otra. No se corta con otras cosas que suenan en el celular, ni se apaga porque perdemos la señal. Pero sólo se puede escuchar lo que tenemos en la guantera, ni más ni menos.

Volvió a la cartera mi cuadernito, el de escribir ideas, pensamientos y párrafos, algún pedazo de cuento. En un par de días nomás, está mejorando un poco mi letra (un poco, que tampoco es magia...).

Y sobre todo, veo que es más fácil hacer una cosa a la vez sin el teléfono, o más bien, poner atención a las cosas, y darles tiempo. Manejo para buscar a los chicos al colegio y estoy en eso. Pienso cosas que quiero resolver, o decirle a mi marido, o algo que tengo que avisar y no puedo hacerlo. Cuando llegue a casa, desde la computadora les avisaré. O cuando vuelva mi marido del trabajo y nos sentemos a conversar, se las diré. Y si es algo importantísimo, que no puedo dejar librado a mi memoria paupérrima y atrofiada, entonces pongo balizas, freno a un costadito y anoto en el cuadernito. Y es incómodo a veces, pero es mejor, porque los pensamientos decantan. No es un fluir permanente, sino que hay más tiempo para rumiar las cosas, darles forma, y elegir qué, cómo y cuándo decir. 

No quiero con esto iniciar una cruzada anti-tecnológica. El celular es una herramienta, que en muchos casos es útil, y la cuestión es más profunda, va más allá de uso que le demos. Pero sí creo que es bueno no estar atada. Y sobre todo, vuelvo a pensar en la locura por hacer que tenemos y que nos lleva puestos, y qué poco nos ocupamos del ser. Al final del día, cuando repasamos las horas, medimos el éxito, si fue o no un buen día, según cuántas cosas logramos hacer. Un buen día es aquel en el que pudimos hacer todo lo que teníamos que hacer, un día en el que fuimos eficientes, que logramos hacer. 

La protagonista de unos libros que leí varias veces cuando era chica decía, cuando un lugar estaba muy lleno de cosas: "No deja campo para la imaginación”. Y así estamos. Llenos de listas y listitas, cuadros de tareas y vidas cronometradas y de alguna manera, nos sentimos más importantes cuando decimos que estamos "a full", que estamos muy ocupadas. 

El éxito en la vida se mide un poco por ahi: “mirá que bien Fulana, que trabaja, tiene a los chicos impecables, hace pan casero, los lleva a sus hijos a todas sus actividades, no se olvida de nada y hace y hace y hace”... 

Y eso mismo nos pasa a las que somos madres, con nuestros hijos. Los llenamos de actividades, porque queremos que sean los mejores. Creemos que haciéndolos hacer, los vamos a sacar buenos.

¿Qué estamos buscando para nuestros hijos? ¿Un espíritu colaborativo empresarial, el éxito como líderes positivos, o que tengan una buena vida?  Y cuando digo una buena vida, no piensen en pasar el día tirado en una hamaca paraguaya con una pila de libros, manzanas jugosas y paquetes de M&M (pero qué lindo ¿eh?). Una buena vida, digo. Una buena vida es aquella que los lleve al Bien, que los lleve al Cielo. Y nada más. Y nada menos.

Tengo claro que hacer lo que nos toca, cumplir con nuestro deber, nos ayuda a llegar al Cielo. Y entonces, hay que hilar fino y pensar. Qué es lo que realmente es el deber (lo que nos enseñaron siempre, en el catecismo y en casa: el famoso deber de estado) y qué son reglas, tareas e imposiciones del entorno, de ideales mal orientados, e incluso muchas veces de nuestra soberbia. En cada caso, cada uno verá. Hay muchas cosas que en sí mismas son buenas, pero que no son para todos en todo momento. Si el niño va a clase de música, a fútbol para hacer amigos, a taekwondo para aprender a dominar el cuerpo, a taller de escritura, a clases de oratoria para prepararlo en su misión de líder positivo, a rugby para descargar energía, a inglés porque sin el inglés no sos nadie, a alemán porque es el idioma de sus antepasados, a un voluntariado en la parroquia y al colegio y al dentista, y, y, y..... Hubiera sido una picardía que la madre de Mozart no lo mandara a clases de música desde pequeño, pero no todos nuestros hijos son Mozart. Es cierto que todos tienen que colaborar en casa, pero que sea siempre para el bien de cada uno, y que redunde en bien común, que no sea ni para alivianar mi carga, ni para que la gente del entorno diga: "¡Ah!, ¡qué bien!, ¡qué organizada!". Los aplausos que tenemos que querer cosechar son los que resuenan en la eternidad. 

Y de nuevo, veo que estamos subidos todos a la rueda del consumo y la producción. Todos. Incluso los que creemos que vamos contracorriente. Son distintos los productos que consumimos, pero la actitud es la misma. ¡La que no haya llenado carritos de compras innecesarias en internet, que después nunca compró, que tire la primera piedra! Necesitamos tener y tener, tener ropa, tener cosas lindas para la casa, tener mil objetos que nos “solucionan la vida” o tener "los libros que hay que leer" en ediciones bellas y cuidadas, expuestas en sólidos estantes, para que no lea nadie nunca, porque con todo lo que hay que hacer, no queda tiempo para tirarse en el sillón a viajar en submarino. 

Incluso a veces pareciera que la educación de nuestros hijos es también una cadena de producción. Nos desvelamos y bregamos por lograr un buen producto final. Que mi niño se destaque. Que sea excelente orador, líder, deportista, que domine varios idiomas y que desarrolle todas las habilidades necesarias para triunfar en la vida. Estamos errando el camino, porque no vemos el fin. No nos creemos de veras que la meta es el Cielo. 

Si no puedo quedarme extasiada mirando por la ventana la belleza del sol en esa telaraña que no limpié, porque me persigue un reloj gigante, ¡¿para qué quiero la vida?! (Un ratito, no se preocupen que después la limpio, y la vida sigue teniendo un sentido).

Creo que, a esta vida acelerada, en la que lo inmediato es lo corriente y todo está bajo control, lo mejor que podemos darles a nuestros hijos es una vida que vaya despacio. Despacio, para poderla vivir, para poderla gustar, que nuestra vida es un don, un regalo de Dios. En eso, los niños son maestros. No importa si alguna vez el desayuno se hace largo porque cada uno contó lo que había soñado, no importa si tarda un poco más en bañarse porque descubrió la acústica especial que tiene el baño o si se fue la mañana juntando vaquitas de San Antonio y bichos bolita, porque sí. No importa si la mañana se pasó, viviendo nomás, y llegó la hora del almuerzo y de ir a clases. Porque las horas que pasan son eso, LA VIDA.

 


 

 

 

 

martes, 8 de julio de 2025

A tomar el té

 


No me gusta mucho cocinar. De hecho, cuando terminando la secundaria y me planteé la posibilidad de estudiar una carrera pensé varias opciones, pero nunca se me cruzó por la cabeza ser cheff o pastelera.

Sin embargo hoy, después de dejar a los chicos en sus clases y una vez que se quedó dormida la más chiquita, me puse a preparar unas pepas para el té. Y así, con las manos en la masa, me di cuenta que estaba disfrutando ese momento. Sin hacer nada más. Sin escuchar un podcast, ni leer un libro, ni ir haciendo listas de pendientes mientras tanto. En general aprovecho el rato obligado en la cocina para hacer otras cosas, pero esta vez no lo preví, así que ahí estaba: enharinada y enmantecada, haciendo bolitas de masa, mientras simplemente la sentía entre mis dedos.

Y cuando levanté la mirada para ver al pájaro que había escuchado cantar afuera, me di cuenta de que estaba gozando. No por el hecho de cocinar en sí, sino más bien por todo lo que trae. El aroma de las galletitas en el horno me encanta. Saborearlas acompañadas de una gran taza de café con leche, es fantástico. Pero sobre todo, la alegría de los chicos cuando llegan a casa y las ven, porque ellos ven más allá: al ver las galletitas todavía tibias sobre la mesa lo que piensan es: “mamá nos estaba esperando”.

No fue por ahorrar unos pesos, ni por darles “alimento saludable”, ni por demostrarle a nadie que se puede, ni por imitar a algún ícono de las redes sociales, ni por nada más que por ellos. Fue, -sin darme cuenta- “solamente” para que sonrían sus corazones cuando vuelvan a casa.

Esto me hace pensar en que hemos perdido la noción del don desinteresado, y el gozo que produce. Tanto buscamos realizarnos personalmente, estar bien con uno mismo, cumplir sueños y metas que no nos damos cuenta de que tenemos una felicidad muy grande al alcance de la mano y es en la entrega. Y no hace falta apuntarnos en la Cruz Roja, ni adoptar una docena de niños de África. Lo tenemos al alcance de la mano. A cada rato tenemos oportunidades de darnos a los demás. Y si prestamos atención, veremos que a cada rato recibimos también entrega desinteresada.

 

Bueno eh, ¿quién quiere venir a lavar los platos?

viernes, 27 de junio de 2025

La vuelta de la Luna

 


Hace varios días, mientras cocinaba, se asomó la luna por la ventana. Me miró escondida entre el cedro y el jacarandá, invitándome a una pausa. “No puedo – le respondí -, estoy ocupada”.

Horas más tarde, con la casa ya en silencio, me levanté a buscarla, pero ya no estaba. Y yo no había sabido ni dedicarle dos estrofas a mi luna. Es que en mis bolsillos a veces quedan muy pocas palabras. Entre la compra digital, los mil grupitos de WhatsApp llenos de preguntas y respuestas inmediatas, Google que nos exige ser breves y concisos para decir las cosas, muchas de las palabras que llevaba conmigo se fueron cayendo por el camino. Quizás sea cuestión de desandar un poco, con la mirada atenta, llena de esa atención de la que habló Simone Weil, para recuperar la palabra perdida. Espero…

Y la esperanza siempre tiene recompensa. Noches después, levanté la vista del libro y la vi por la ventana. Nívea, luminosa, inmóvil y pacífica. Allí estaba y había estado tantas noches. Los grillos le cantaban a coro. El trajín diario, las mil cosas -y ninguna- ocupando mi cabeza, habían hecho que perdiera la costumbre de entablar conversaciones con la Luna, sí. Así y todo, la Reina de los astros me seguía esperando... Cerré el libro y apagué la luz, para verla mejor. Me quedé un rato quieta, con los ojos bien abiertos y el corazón atento, contemplándola a través de los árboles. ¡Tanto tiempo había pasado! Pero en seguida la charla fluyó como si nada. Porque así son las verdaderas amistades. 

Cerré los ojos, y sobre una plegaria me quedé dormida. Mañana sería otro día, de cara al sol.

martes, 24 de junio de 2025

Feria

 


Salí a comprar papas después del mediodía. Para la comida de la noche, así dejo encaminado todo con tiempo, porque el atardecer es un baile: entre baños, pijamas, tareas y alguna pelea.. y hacer un hueco para el rosario en familia, en fin...

Andando, pase por una esquina de por acá donde venden antigüedades, muebles y algunos libros viejos que siempre tiene mezclados por ahí, de esos marroncitos con olor a historias eternas. Es una esquina que me encanta mirar a esa hora, porque le da todo el sol en sus paredes bordeaux, y se cuela por la puerta. Cosas lindas que todavía conserva mi pueblo. Me acordé que ando necesitando una lecherita, asiq entré. Estuve un rato mirando cuadros, tacitas, lámparas, y porsupuesto libros.

Después de un poco de charla amable con la dueña, volví a casa con la lecherita, que no es la que me imaginaba pero sirve: gordita y panzona, para no tener que andar rellenando cada dos por tres. Y con la consabida pilita de libros, claro. Feliz con mis hallazgos: poesía criolla, unas adaptaciones de leyendas de wagner para chicos y alguno más... 

¿Y las papas señora? Aahh ¡las papas! Bueno, esta noche será con arroz.

viernes, 6 de junio de 2025

Libro nuevo


 

Antes de acostarme, la ronda de todas las noches que hacemos las madres. Apagar luces, saludar a la luna por la ventana del living e ir cama por cama a taparlos a todos y darles otro beso de buenas noches. 

Cuando llegué al cuarto de los varones, ví que la luz todavía estaba prendida. Me asomé despacio y contemplé la escena: mi hijo mayor, sentadito en su cama, con su pijama de invierno, los ojos abiertos de par en par y el libro nuevo en las manos. Un libro nuevo de esos que tienen el lomo medio ajado, las hojas marrones, dos o tres firmas de dueños anteriores y un olorcito muy característico. 

Te está gustando el libro? -le pregunté. 

Silencio como respuesta. 

Esperé paciente, mirando como paseaba los ojos por las letras, leyendo en su carita mientras él leía su libro. 

¡Lo terminé mamá! - me respondió feliz. 

Con la felicidad de libros viejos nuevos, de andar por mundos desconocidos y vivir aventuras a través de unas páginas marrones. 

Concedeme Señor la gracia de no perder nunca esa felicidad.

jueves, 5 de junio de 2025

Otra del otoño

 


No sabés qué linda que está Bella Vista. 

Los árboles ocres, dorados, bermejo alguno, marrones otros, y varias ramas que, desnudas ya, revelan un celeste limpio allá a lo lejos. 


Corre una brisa fresca, pero el sol todavía calienta un poco. 


Los chicos van y vienen en bici, de casa al colegio, del colegio a vagar por ahí, que todavía las tardes no son tan cortas. 


El palo borracho de frente a tu casa lo vigila todo, altivo y sereno, con su vestimenta aceitunada de la que todavía no quiere desprenderse.


A veces se nubla y entonces, entrar en Moreno hacia Lago Lacar es todo gozo. Los árboles realmente refulgen contra el cielo plateado. El roble que todavía no decide su atuendo y viste verdes, ocres y amarillos, alguna lagestrenia -tan aburrida en otros meses y tan bella en mayo-, un liquidambar aquí y otro más allá, los nobles tilos y las inmutables casuarinas en fila. Todos invitados a la fiesta del otoño. 

Las chimeneas lucen sus gorros largos, grises y etéreos. Fumattas que indican que hay vida dentro de esas casas, que hay alguien que vela por los suyos y mantiene encendido el fuego de los lares.


Aquí y allá se amontonan las hojas, los más prolijos podan en esta época y entonces, ese aroma tan característico a fogatita de hojarasca lo invade todo.

 

El fresco me hace apurar el paso, queda poco de sol y los chicos ya llegan del colegio. 


No sabes qué linda que está Bella Vista.

domingo, 30 de marzo de 2025

Desde la mesa de mi cocina


 

Aprovecho este ratito que tengo mientras la beba duerme y mis otros hijos tienen su rato de clases. Ya hice el budín para el té, la comida de la noche es simple porque los viernes comemos pizza, y realmente no tengo ganas de encarar los pantalones para arreglar. No me reten.

Esta mañana me llegó un articulito de difusión sobre el papel de la mujer, la maternidad y el mundo moderno[1], que abrió debate y generó simpatías y alguna bronca, la verdad sea dicha.

En líneas generales, el buen hombre dice buenas cosas y ciertas: que la mujer es el alma del hogar, que nuestra misión es santificarnos aquí, que la madre tiene que estar para los hijos y para el marido. Cosas que para mí siempre fueron verdades conocidas, pero que entiendo es bueno recordar en este mundo en el que vivimos.

Sin embargo, algunas cuestiones creo que están mal planteadas. Quizás es una estrategia de marketing, pero no lo creo... ¡¡Ser mujer es tanto más que usar pollera y hacer budines!!

Hecha esta aclaración, me gustaría responder a algunas frases que me llamaron la atención:

●       “Creen que cocinar es perder el tiempo”:

A mí personalmente, no me fascina cocinar. Me encanta comer rico y que todos disfrutemos de una buena comida, pero si pudiera hacerla aparecer con un chasquido, ¡me encantaría!

Cocinar es un acto humano, un acto racional que perfecciona y mejora el acto animal de buscar alimento para nutrirse. Es también un servicio a los demás (como tantos otros que hacemos todos los días): cocinamos para los nuestros, para nutrirlos, pero también para que gocen con una comida rica, para reunirnos todos alrededor de la mesa y compartir algo mucho más valioso que la comida en sí.

Pero cocinar no es un fin en sí mismo, ni algo determinante de la esencia de la mujer y madre. Conozco excelentes madres que cocinan feo y grandes cocineras que como mujeres dejan mucho que desear.

 

●       “Así están las cosas: las católicas “formadas” ya no quieren formar a nadie. Ni almas, ni hijos, ni pasteles”.  (los hijos -a quienes formamos- tienen alma, pero no vamos a entrar en esa)

¿A qué viene esta frase? ¿Qué significa esta generalización? Resulta que si leemos Aristóteles, o Pieper, o Chesterton eso trae como consecuencia no querer formar a nadie…Extraña conclusión, y no sé dónde habrá visto este señor a las mujeres que menciona. Me parece más bien, si es cierto aquello de que “la verdad os hará libres”, que cualquier persona que se forme en la verdad, con honestidad intelectual, necesariamente va a acercarse a la perfección y al bien y va a querer, como consecuencia, cumplir lo mejor posible con su deber de estado.

Y que las mujeres lean, estudien, aprendan, piensen y se formen, no es nada nuevo. Puede usted hojear el libro “La mujer en tiempos de las catedrales” de Regine Pernaud (una francesa genial, que por suerte no lo leyó a ud), y verá la cantidad de estudios, oficios y trabajos que hacían las mujeres en nuestra querida “edad media” o más bien Cristiandad.

Más adelante, opone cuestiones que no tienen por qué oponerse:

●       “La revolución no llegó con fusiles sino con el microondas”:

No vamos a entrar acá en el papel que jugaron los Borbón en la revolución, la modernidad y la mar en coche, porque el tiempo apremia y ya se acerca la hora de cocinar otra vez (no es chiste, voy escribiendo de a pedacitos). Es una pavada exigir el pan casero, es quedarse de nuevo en lo accesorio.

●       “la caída comenzó cuando la mujer dejó el hogar para “realizarse”:

¿por qué necesitó la mujer (o creyó que necesitaba) salir para realizarse? ¿Dónde estaba el hombre y qué seguridad le daba? No es cuestión de enfrentar y buscar culpables, como hace la dialéctica marxista, y me parece que la caída comenzó bastante antes, ¡con el pecado original! ¿o de verdad vamos a creer que el mundo era un lugar maravilloso y sin maldad antes de la revolución industrial?

●       “Rezan novenas pero no saben coser un botón” (supongo que el que escribe sabrá sembrar con arado, arreglar todas las cosas de la casa sin necesidad de llamar a ningún técnico, y arreglará el auto también por supuesto):

De nuevo nos quedamos en las habilidades, sin ir al fondo de la cuestión. Perdón que se lo diga, pero es tan típico de la posmodernidad en la que vivimos. Y sé coser, les hago ropa a mis hijos, a veces hago cosas para mí y algunas para la casa. Esta habilidad, en sí misma, no creo que aporte ni un gramo a la santidad que tengo que alcanzar. Si lo hago para ahorrarme unos pesos, o para escuchar los aplausos alrededor, o simplemente para “desconectar y sentirme útil”, no tiene valor en la eternidad-

●       “admiran a Santa Mónica pero les parece un desperdicio quedarse cuidando en casa a un hijo que no sabe leer santo Tomás”:

 Respecto de esta frase infeliz, dos cosas: de nuevo la contradicción no tiene sentido. Y puede ser que a una persona le resulte más tentador conversar sobre el ente y la esencia que cambiar otro pañal y sentarse en el piso a jugar con un autito. Son gustos, tendencias, inclinaciones. La cuestión es qué hacemos con eso.

Personalmente, a veces querría ir un ratito a sentarme al fondo de la clase de mi universidad, a escuchar a los profesores a los que no les presté tanta atención a los 20, y sin embargo acá estoy feliz con mis hijos, haciendo lo mejor que puedo, rezongando muchísimas veces y gozando de los ratos “libres” para leer alguna cosa, o escuchar alguna conferencia en el teléfono mientras cocino, o mientras me siento en el sillón y levanto los pies en la mesa ratona, que también es lícito y muy necesario.

Hay una idealización romántica de todo esto que no es buena y sólo lleva a desengaños y frustraciones. La maternidad es un don, es maravillosa pero no es todo florcitas y manteles cuadrillé. Lavar colas sucias, limpiar vómitos, insistir mil veces para que guarden los juguetes, tratar de disfrazar un arroz pasado, levantarse mil veces por la noche, no está bueno. Pero por supuesto, tampoco hay que quedarse en eso, a veces la virtud está en sobrellevar, en soportar.

Hoy la sociedad en la que vivimos gira sobre una rueda que nos exige tener y hacer. En muchos ámbitos sociales esta exigencia está en tener el último auto, el último celular, viajar y viajar, vivir experiencias, y hacer todo lo posible para lograr el mayor éxito profesional. En otros ámbitos más cercanos, veo la misma rueda de tener y hacer, aunque dirigida a otros productos: tener los libros más bellos, los vestidos de géneros super, el mantel cuadrillé y la casa divina con deco campera pero canchera, hacer el pan casero, hacer la huerta, hacer mil actividades con los chicos, hacer, hacer, hacer, de nuevo. Y con tanta exigencia en el hacer y el tener, nos estamos olvidando del SER, y ese es el gran mal de esta época. Nos olvidamos que tenemos que ser verdaderas mujeres, y ser mujeres santas. Y para eso hay que cultivar virtudes que nos perfeccionen en el ser, no habilidades que nos hagan más exitosas. ¿De qué me sirve hacer el mejor pan de la comarca o tener un jardín divino si eso me impide escuchar a un hijo y cultivar la paciencia?... “En el atardecer de la vida seremos juzgados en el amor” decía San Juan de la Cruz. Y todo lo demás es vanidad de vanidades. Sí, todo. El pan casero y los colores pastel también. Y los libritos divinos en la biblioteca de los chicos también. Todo, si no tiene el Amor como motor.

La grandeza del ser está en ser lo que es, aunque suene a trabalenguas, “llega a ser lo que eres” decía Píndaro. Un gran fraile dominico de nuestro tiempo, Fray Armando Diaz, decía: “La verdadera grandeza de la mujer, su real nobleza es considerarla en función de Dios, del misterio de la creación. Es volver a la verdad permanente y estable, al misterio profundo”[2]. Quizás, mas que volcarnos a debatir durante horas si el pan casero o el pan bimbo, si leemos o cosemos, es necesario volver a reflexionar sobre la naturaleza del ser mujer, la mujer como ser que da vida, la mujer como madre y reina del hogar, como ayuda y complemento del varón. Pero esto quizás amerita escribir varias páginas más y ya es hora de bañar a los chicos y preparar la comida, quedará para otra ocasión.

 

 

 



[2] P. Fr. ARMANDO DIAZ O.P, La mujer y el misterio Ed.Universidad Católica de Santa Fe, pag 37.


sábado, 10 de junio de 2023

Otoño

Otoño es un chico de sonrisa pecosa y mirada honda. Tiene los ojos bien grandes y es pelirrojo, por supuesto. 
Es un poco travieso, pasa las horas con su amigo el Viento, llevando a las hojas de aquí para allá. Hojas verdes, amarillas, doradas, naranjas, coloradas y bordeaux, marroncitas también. Otoño colecciona colores.
En la siesta, el solcito tibio le acaricia los pies. Las tardes con Otoño son de mates calentitos en el jardín, persiguiendo al Sol.
 Cuando su mamá le canta, se queda mirándola con sus ojos profundos de mar. Disfruta las tardes de chocolate caliente, con un libro o unos autitos. Pero también le encanta saltar charcos con sus botas azules. Otoño come garrapiñada que saca de a poquito de un bolsillo, y silba canciones mientras pedalea en su bici.
Otoño está lleno de alegre nostalgia. Otoño es un chico de sonrisa pecosa y mirada honda.

jueves, 6 de octubre de 2022

Frescura enamorada, Jazmín del país.

¿Qué fin persigue el jazmín?
¿Qué gigantesco misterio 
lo hace cantarle al asombro
y florecer a raudales? 

¿Quién le ha dicho que se vista 
De fresca y flamante seda 
Y sacuda de su alma 
Las tristezas invernales? 

 Buen Dios -un Dios de Belleza- 
ha dejado en las veredas, 
 en una dicha que embriaga, 
Su frescura enamorada. 

 Frescura enamorada, Jazmín del país. El sol de la tarde que asoma entre los árboles, la conversación de los pájaros y un canto distraido durante la caminata. La brisa que despeina aun más mi corona despeinada y un paso que aunque quiera, no puede ser veloz. Brota una zamba que estaba dormida, vuelven los ojos a ver los colores . Todo eso es Bella Vista en primavera. Y las tardes se hacen más largas, el mate extiende las charlas. Los chicos corren, trepan, gritan goles. Una muñeca disfruta inmóvil, su primer vuelo en hamaca. Se enciende el lucero de la tarde,y la tarde se hace noche. La brisa fresca disipa el encuentro.




viernes, 11 de septiembre de 2020

La vuelta

 La vuelta


«Sin embargo, algún día llegarás a la edad

en que nuevamente gozarás de los cuentos de hadas.

Entonces podrás sacarlo de la repisa más alta,

desempolvarlo y darme tu opinión sobre él.»

C.S. Lewis a su ahijada sobre las Crónicas de Narnia



Hoy, aquel niño de ojos rientes y franca sonrisa vuelve al lugar donde fue tan feliz. 

Pasaron muchos años desde el día en que se había marchado.

Peina alguna cana, trae su mochila  de historias cargada, y empolvados los pies.

Hoy trae a sus hijos a veranos de sol, pileta y bicicleta, a tardes de toboganes y fútbol, a mañanas escarchadas de invierno.

En esta comarca, los árboles en otoño visten todos los colores, los pájaros en primavera visitan las casas llevando las buenas nuevas, y los días de verano se comparten con las Hadas.

Aquí el invierno existe, sí, pero solo  en  los pies.

Por más frío que haga fuera, los corazones llamean.

Porque a esta comarca la cuida, con espada de fuego, un Arcángel Celeste.

Él serena los ánimos cuando surgen rencillas y recuerda a sus fieles que, con el alma bien limpia, deben esperar a Aquel que nos dona la Vida.

Hoy, este hombre que no ha perdido su alma de niño,  vuelve al estante de los cuentos de hadas, para sumergirse en ellos con sus hijos y gozar de nuevas aventuras.

Hoy sus ojos rientes miran al Cielo, y brota desde dentro una plegaria agradecida.



domingo, 9 de agosto de 2020

Hildegarda

Llegó una mañana de octubre, siendo pequeñitas ella yo, y mirándome crecer se quedó petisa. Su madera rayada por mis manos infantiles me acompaña hace más de 20 años. Y donde estemos juntas me siento como en casa. Es un poco tímida. No anda haciéndose notar, y espera paciente sus ratos de gloria solitaria. Su caja es arcon de mi vida hecha canto. Compañera de noches de insomnio, canciones de cuna y charlas con la luna, de tardes de lluvia y caminos errantes. Cada tanto nos sentamos y vibrante, cuenta con sus cuerdas historias de muy adentro.

miércoles, 22 de julio de 2020

Conversación de medianoche

Insomnio. O algo así.
Los libros desparramados en la mesa reclaman mi atención. El mate calentito me acompaña y mancha algunas hojas descaradamente, como queriendo dejar huella de su presencia esta noche. Marx, liberales de no sé bien qué época, un Papa y varios personajes ilustres desfilan por la cocina. El primero, se sienta sin que nadie lo invite en la silla que sobra, y así como si nada, empieza a comer cosas de mi heladera. Descarado. Claro, hay que mantener esa pancita, pienso. Pero no le digo nada. No hace falta. Ahí entra von Mises, que le reprocha, informándole lo caro que salió todo lo que devora, y qué se piensa, tomando cosas que no le pertenecen, y si la libertad es libre... Se ensartan en una discusión que sinceramente, no quiero escuchar. Hablan de  trabajo, de capital, de libertad, pésimamente entendida según pienso,  y de palabras que a estas horas y en estas circunstancias suenan metálicas y pinchudas. Mientras tanto, mi heladera se sigue vaciando, y ahora son dos los que se ocupan de ello.
Cansada de escucharlos, recuerdo que en algún lugar está escondida esa cervecita que guardamos para momentos especiales. La busco y la destapo. El pssssssst de la chapita separándose de la botella se escucha por sobre sus voces y ambos quedan callados. Sirvo cuatro vasos. Ellos se preguntan para quién es el cuarto. Para Pío XII por supuesto.
Pasamos al living y lo encuentran sentadito en el sillón. Ambos, por un instante se imaginan tomándolo del cuello, gritándole todas sus teorías absurdas, dibujan en su mente piñas y patadas voladoras. Pero Pío levanta su diestra papal con majestuosidad, y ellos se sientan calladitos con su cerveza. Gracias a Dios, pienso. Y lo dejo hablar. Comienza explicando el concepto de bien común, luego los principios de subsidiariedad y de solidaridad, el origen y el sentido del estado,  y así. Asombrada, me doy cuenta que a medida que se multiplican las palabras de este gran hombre, se van desdibujando las siluetas de los otros dos. Poco a poco se van esfumando, comenzando con los pies, las rodillas el tronco…
De un momento a otro, han desaparecido dejando sobre la mesa sus vasos de cerveza casi vacíos y todavía transpirados. Sólo quedamos Su Santidad y yo.“ Hija mía, ya es hora de que vayas a dormir. Si me hubieran escuchado antes, no hubieran hecho tanto daño. Complicaron mucho las cosas,sabes… pero quédate tranquila que el triunfo no es de ellos. Te dejo mi bendición: In Nomine Patris, et Filii et Spiritus Sancti. Gracias por la cervecita, rezá tus oraciones y descansa.”


lunes, 20 de julio de 2020

Fidelidad

Noble. Fiel. Por sobre todas las cosas, fiel. Con la mirada siempre hacia lo alto, y la sonrisa fresca, de cara al sol. Corazón enamorado de grandes ideales. 
La generosidad a flor de piel. 
Su naturaleza era fuego, como aquella de la que tanto habíamos aprendido. 
Pocos son los verdaderos amigos, y ella es una de esas. Todavía la encuentro a veces en.la espuma de un café, en las estrofas de algunas canciones, en esa boina vieja y desteñida, en montañas nevadas y en las cuentas del Rosario. 




lunes, 16 de marzo de 2020

Cielo de libros

Cuando era chica me pasaba horas y horas imaginando. Historias, personas, situaciones y lugares. Me encantaba imaginar el Cielo, que tenía que ser el mejor lugar que uno pudiera soñar. Una biblioteca inmensa con las paredes repletas de buenos libros de todos los colores hasta el techo, ventanales inmensos a bosques y jardines, escaleras en rieles, comodos sillones y serena paz. 
Disfrutaba mucho las tardes leyendo tirada en el sillón de casa. Momentos impagables que me brindaron la escolaridad simple y la vasta biblioteca paterna. 
Hoy pienso que quizás no estuviera tan errada. Si allí vamos a encontrarnos cara a cara con el Verbo y vamos a poder llenarnos de esa Verdad que tanto buscamos y gustamos de a poquito en esta tierra.

viernes, 13 de marzo de 2020

Reencuentro

Levantó la vista del libro y la vio por la ventana. Nívea, luminosa, inmóvil y pacífica. Allí estaba y había estado tantas noches. Los grillos le cantaban a coro. Se dio cuenta de que el trajín diario, las mil cosas -y ninguna- ocupando su cabeza, habían hecho que perdiera la costumbre de entablar conversaciones con la Luna. Y eso que la Reina de los astros seguía esperándola.. cerró el libro y apagó la luz, para verla mejor. Quedó un rato quieta, con los ojos bien abiertos y el corazón atento, contemplándola a través de los árboles.¡Tanto tiempo había pasado! Pero en seguida la charla fluyó como si nada. Porque así son las verdaderas amistades. 
Cerró los ojos, y sobre una plegaria se quedó dormida. Mañana sería otro día, de cara al sol. 

jueves, 14 de noviembre de 2019

Mi Buenos Aires querido

Esta vez no es cuestión de hacia donde vamos, sino de lo que uno deja.
Quizas el que no es porteño -por nacimiento o por elección- no pueda comprender jamás esta singular nostalgia. Y es que cuando uno se aleja de esta loca ciudad, extraña muchas cosas.
La Avenida de Mayo, con sus mesas de saldos de libros viejos, nuevos o usados, escoltadas y custodiadas por señores plátanos que con su sombra protegen un tesoro, y ese placer de revolver hasta encontrar algo q valga la pena y terminar con los dedos grises, camino a casa con bolsita de plástico en mano, repleta de libros.
Los clásicos cafecitos.. no digo los de azulejos de subte, amueblados en madera y hierro, con musica zen de fondo y potus colgados por doquier, llenos de barbudos con anteojos y chupines que degustan su latte con croissants o budin vegano. No, no. El cafecito porteño, el de «un café y tres medialunas, por favor» , «como no. Quiere el diario?» y en la mesa de al lado un «buen día señor Luis, ¿lo de siempre? » «¿Que haces Román? Dale, gracias.»
Y la torre de los ingleses, la plaza San Martín teñida de jacaranda en noviembre, la Basílica del convento de Santo Domingo y su camarin de la Virgen que tantas veces me recibió, de chiquita y de grande. Y esas callecitas empedradas de San Telmo, que suenan a tango y milonga, a recreo de birrita y puchos compartidos. 
Y la luna, Reina del Plata que asoma majestuosa detras de la torre del Palacio de Aguas que se ve desde un balcón florido. 
Pero no van a creer que extraño a mi Buenos Aires.