jueves, 25 de junio de 2026

Invierno

 Oro, brasa, cobre, rubí. 
Avanzo en silencio, como flotando, para no romper el encanto. No quiero que me escuchen y se difumine la maravilla. Allí están los elegantes señores Liquidambar , los siempre jóvenes Fresnos Dorados, las Casuarinas de pie, todas juntas y prolijas a un costado, la bellísima Dama del Gkingo, y el imponente y majestuoso Roble, que es sin dudas el señor y anfitrión en esta tertulia. Los pájaros conversan y el viento se divierte paseando suavemente las hojas de unos y otros de aquí para allá. En la calle no hay nadie, estarán todos en la escuela, en el trabajo, o en casa, cerquita de una chimenea, porque el Frío está llegando. 
Los miro a cierta distancia. No hay dudas, están celebrando una fiesta. Una fiesta armoniosa y elegante. Toman algo caliente, me parece que es té. Y bailan, por supuesto, con movimientos calmos y alegres. Es la fiesta en la que se despiden todos de sus ropajes lujosos y se abre la puerta del Invierno. 
El Frío llega en un trineo, cargado de mantas, ricas sopas, chispas como estrellas, tortas tibias de manzana y tés para compartir, vapor para que los chicos dibujen en las ventanas y cosquillas heladas para las narices.

Y ellos hacen lugar entre sus ramas, para que podamos ver el Cielo a través de ellas y no perdamos la esperanza. 






martes, 23 de junio de 2026

Santa Rita, Santa Rita...

 En mi barrio hay una casa que van a demoler. Otra de tantas... Es una historia que se repite bastante, porque cada vez es menos la gente que vive en casas con alma y jardín.
No es una joya arquitectónica, pero para los que conocen el arte de la atención, guarda en sus rincones detalles y guiños que cuentan la historia de una familia. 
 Hace meses está sola, esperando que se cumpla su sentencia de muerte. No debe ser fácil vivir así, esperando que una bobcat arrolladora termine con su vida, sin más. Sé que el sol de la mañana la visita cada día y echa un poco de luz en su interior, sediento de la claridad sonora de antaño. 
Y yo, cada vez que paso la miro y la saludo. E imagino las risas de todos los niños que la habitaron, la ropa al sol, la pava calentita para un mate abajo de la glicina. 
Hoy la miré queriendo escucharla, como tantas veces, y vi la santa Rita florecida. No sé si es época, y no creo que nadie la riegue. Pero floreció. Para nadie, o para todos. Porque lo tenía dentro nomás.