Hace varios días, mientras cocinaba, se asomó la luna por la
ventana. Me miró escondida entre el cedro y el jacarandá, invitándome a una
pausa. “No puedo – le respondí -, estoy ocupada”.
Horas más tarde, con la casa ya en silencio, me levanté a buscarla,
pero ya no estaba. Y yo no había sabido ni dedicarle dos estrofas a mi luna. Es que en mis bolsillos a veces quedan muy pocas palabras. Entre la compra digital,
los mil grupitos de WhatsApp llenos de preguntas y respuestas inmediatas, Google
que nos exige ser breves y concisos para decir las cosas, muchas de las
palabras que llevaba conmigo se fueron cayendo por el camino. Quizás sea
cuestión de desandar un poco, con la mirada atenta, llena de esa atención de la
que habló Simone Weil, para recuperar la palabra perdida. Espero…
Y la esperanza siempre tiene recompensa. Noches después, levanté
la vista del libro y la vi por la ventana. Nívea, luminosa, inmóvil y pacífica.
Allí estaba y había estado tantas noches. Los grillos le cantaban a coro. El
trajín diario, las mil cosas -y ninguna- ocupando mi cabeza, habían hecho que
perdiera la costumbre de entablar conversaciones con la Luna, sí. Así y todo, la Reina
de los astros me seguía esperando... Cerré el libro y apagué la luz, para verla
mejor. Me quedé un rato quieta, con los ojos bien abiertos y el corazón atento,
contemplándola a través de los árboles. ¡Tanto tiempo había pasado! Pero en
seguida la charla fluyó como si nada. Porque así son las verdaderas
amistades.
Cerré los ojos, y sobre una plegaria me quedé dormida.
Mañana sería otro día, de cara al sol.

Bello escrito! Es así, me siento tan identificada. A veces me pregunto ¿quien me robó? A la inspiración, a las palabras.. me parece que hay que apagar más seguido las luces para contemplar una luna, una noche estrellada, y quizás así vuelvan poco a poco a fluir las palabras coloridas, variadas que nos ha ido robando este modo de vida tan acelerado. Gracias por compartir y llevarnos a la contemplación.
ResponderEliminarNati