miércoles, 16 de julio de 2025

Esperanza


Es tan fácil nombrarla cuando todo va bien. Cuando la vida va al paso, tranquila y encaminada, un día detrás del otro, sin sobresaltos…Cuando los días son de un cielo límpido y claro, la brisa apenas nos despeina para traernos al aroma de los eucaliptos o del pasto recién cortado. Las cosas marchan, los hijos en casa, la casa en orden y la comida lista. ¡Ah, sí!, la esperanza.

Pero cuando el asunto se complica, cuando la tempestad arrecia, cuando la brisa se torna viento frío que nos cachetea y el sol se esconde tras nubarrones negros, y se oscurece el cielo hasta permitirnos dudar que alguna vez hayamos visto al astro rey, ah, ahí es difícil nombrarla.

Hacemos el intento de traerla a nuestra mesa, de invitar a la Esperanza a que se siente con nosotros en la sala de espera. Y parece entonces como si quisiéramos traer a una pequeña amiga de la infancia a acompañarnos. Y un poco es así. Peguy decía que la Esperanza es la hermanita menor de las virtudes teologales.

“Si no os hacéis como niños” escucho como un susurro. Y hacerse como niños es esperar confiados, como cuando éramos chicos y corríamos a los brazos de papá si teníamos miedo, o si nos dolía algo. Sin teorías, sin fundamentaciones de libros y papeles. Simplemente, en brazos de papá todo era más llevadero, y los problemas cobraban su dimensión real. Pienso ahora que quizás no nos dábamos cuenta, pero desde ahí arriba, veíamos mejor la realidad.

Y la esperanza es eso: correr a los brazos del Padre cuando la tempestad arrecia. Darle nuestro corazón estrujado y pedirle que lo arregle. Y ahí, en sus brazos, descansar la cabeza en Su corazón. Como los niños.


 

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