Antes de acostarme, la ronda de todas las noches que hacemos las madres. Apagar luces, saludar a la luna por la ventana del living e ir cama por cama a taparlos a todos y darles otro beso de buenas noches.
Cuando llegué al cuarto de los varones, ví que la luz todavía estaba prendida. Me asomé despacio y contemplé la escena: mi hijo mayor, sentadito en su cama, con su pijama de invierno, los ojos abiertos de par en par y el libro nuevo en las manos. Un libro nuevo de esos que tienen el lomo medio ajado, las hojas marrones, dos o tres firmas de dueños anteriores y un olorcito muy característico.
Te está gustando el libro? -le pregunté.
Silencio como respuesta.
Esperé paciente, mirando como paseaba los ojos por las letras, leyendo en su carita mientras él leía su libro.
¡Lo terminé mamá! - me respondió feliz.
Con la felicidad de libros viejos nuevos, de andar por mundos desconocidos y vivir aventuras a través de unas páginas marrones.
Concedeme Señor la gracia de no perder nunca esa felicidad.

Qué maravilla. ¡Cuánta felicidad se recibe de los hijos! En las cosas sencillas, pero tan infantilmente serias, de todos los días. Gracias por contarlo!
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