No me gusta mucho cocinar. De hecho, cuando terminando la
secundaria y me planteé la posibilidad de estudiar una carrera pensé varias opciones,
pero nunca se me cruzó por la cabeza ser cheff o pastelera.
Sin embargo hoy, después de dejar a los chicos en sus clases
y una vez que se quedó dormida la más chiquita, me puse a preparar unas pepas
para el té. Y así, con las manos en la masa, me di cuenta que estaba disfrutando
ese momento. Sin hacer nada más. Sin escuchar un podcast, ni leer un libro, ni
ir haciendo listas de pendientes mientras tanto. En general aprovecho el rato
obligado en la cocina para hacer otras cosas, pero esta vez no lo preví, así que
ahí estaba: enharinada y enmantecada, haciendo bolitas de masa, mientras simplemente
la sentía entre mis dedos.
Y cuando levanté la mirada para ver al pájaro que había
escuchado cantar afuera, me di cuenta de que estaba gozando. No por el hecho de
cocinar en sí, sino más bien por todo lo que trae. El aroma de las galletitas
en el horno me encanta. Saborearlas acompañadas de una gran taza de café con
leche, es fantástico. Pero sobre todo, la alegría de los chicos cuando llegan a
casa y las ven, porque ellos ven más allá: al ver las galletitas todavía tibias sobre la mesa lo que piensan es: “mamá nos estaba esperando”.
No fue por ahorrar unos pesos, ni por darles “alimento
saludable”, ni por demostrarle a nadie que se puede, ni por imitar a algún ícono
de las redes sociales, ni por nada más que por ellos. Fue, -sin darme cuenta- “solamente”
para que sonrían sus corazones cuando vuelvan a casa.
Esto me hace pensar en que hemos perdido la noción del don
desinteresado, y el gozo que produce. Tanto buscamos realizarnos personalmente,
estar bien con uno mismo, cumplir sueños y metas que no nos damos cuenta de que
tenemos una felicidad muy grande al alcance de la mano y es en la entrega. Y no
hace falta apuntarnos en la Cruz Roja, ni adoptar una docena de niños de África.
Lo tenemos al alcance de la mano. A cada rato tenemos oportunidades de darnos a
los demás. Y si prestamos atención, veremos que a cada rato recibimos también
entrega desinteresada.
Bueno eh, ¿quién quiere venir a lavar los platos?

😊😊☺️
ResponderEliminar¡Qué bueno, Rochi ! me hiciste pensar... dar...sin esperar retorno ... la gratuidad...dar...porque sí... y a corazón lleno. Y seguro que uno recibe ! ¡Qué precio incalculable habrá tenido el ver las caras felices de tus hijos !
ResponderEliminar