viernes, 27 de junio de 2025

La vuelta de la Luna

 


Hace varios días, mientras cocinaba, se asomó la luna por la ventana. Me miró escondida entre el cedro y el jacarandá, invitándome a una pausa. “No puedo – le respondí -, estoy ocupada”.

Horas más tarde, con la casa ya en silencio, me levanté a buscarla, pero ya no estaba. Y yo no había sabido ni dedicarle dos estrofas a mi luna. Es que en mis bolsillos a veces quedan muy pocas palabras. Entre la compra digital, los mil grupitos de WhatsApp llenos de preguntas y respuestas inmediatas, Google que nos exige ser breves y concisos para decir las cosas, muchas de las palabras que llevaba conmigo se fueron cayendo por el camino. Quizás sea cuestión de desandar un poco, con la mirada atenta, llena de esa atención de la que habló Simone Weil, para recuperar la palabra perdida. Espero…

Y la esperanza siempre tiene recompensa. Noches después, levanté la vista del libro y la vi por la ventana. Nívea, luminosa, inmóvil y pacífica. Allí estaba y había estado tantas noches. Los grillos le cantaban a coro. El trajín diario, las mil cosas -y ninguna- ocupando mi cabeza, habían hecho que perdiera la costumbre de entablar conversaciones con la Luna, sí. Así y todo, la Reina de los astros me seguía esperando... Cerré el libro y apagué la luz, para verla mejor. Me quedé un rato quieta, con los ojos bien abiertos y el corazón atento, contemplándola a través de los árboles. ¡Tanto tiempo había pasado! Pero en seguida la charla fluyó como si nada. Porque así son las verdaderas amistades. 

Cerré los ojos, y sobre una plegaria me quedé dormida. Mañana sería otro día, de cara al sol.

martes, 24 de junio de 2025

Feria

 


Salí a comprar papas después del mediodía. Para la comida de la noche, así dejo encaminado todo con tiempo, porque el atardecer es un baile: entre baños, pijamas, tareas y alguna pelea.. y hacer un hueco para el rosario en familia, en fin...

Andando, pase por una esquina de por acá donde venden antigüedades, muebles y algunos libros viejos que siempre tiene mezclados por ahí, de esos marroncitos con olor a historias eternas. Es una esquina que me encanta mirar a esa hora, porque le da todo el sol en sus paredes bordeaux, y se cuela por la puerta. Cosas lindas que todavía conserva mi pueblo. Me acordé que ando necesitando una lecherita, asiq entré. Estuve un rato mirando cuadros, tacitas, lámparas, y porsupuesto libros.

Después de un poco de charla amable con la dueña, volví a casa con la lecherita, que no es la que me imaginaba pero sirve: gordita y panzona, para no tener que andar rellenando cada dos por tres. Y con la consabida pilita de libros, claro. Feliz con mis hallazgos: poesía criolla, unas adaptaciones de leyendas de wagner para chicos y alguno más... 

¿Y las papas señora? Aahh ¡las papas! Bueno, esta noche será con arroz.

viernes, 6 de junio de 2025

Libro nuevo


 

Antes de acostarme, la ronda de todas las noches que hacemos las madres. Apagar luces, saludar a la luna por la ventana del living e ir cama por cama a taparlos a todos y darles otro beso de buenas noches. 

Cuando llegué al cuarto de los varones, ví que la luz todavía estaba prendida. Me asomé despacio y contemplé la escena: mi hijo mayor, sentadito en su cama, con su pijama de invierno, los ojos abiertos de par en par y el libro nuevo en las manos. Un libro nuevo de esos que tienen el lomo medio ajado, las hojas marrones, dos o tres firmas de dueños anteriores y un olorcito muy característico. 

Te está gustando el libro? -le pregunté. 

Silencio como respuesta. 

Esperé paciente, mirando como paseaba los ojos por las letras, leyendo en su carita mientras él leía su libro. 

¡Lo terminé mamá! - me respondió feliz. 

Con la felicidad de libros viejos nuevos, de andar por mundos desconocidos y vivir aventuras a través de unas páginas marrones. 

Concedeme Señor la gracia de no perder nunca esa felicidad.

jueves, 5 de junio de 2025

Otra del otoño

 


No sabés qué linda que está Bella Vista. 

Los árboles ocres, dorados, bermejo alguno, marrones otros, y varias ramas que, desnudas ya, revelan un celeste limpio allá a lo lejos. 


Corre una brisa fresca, pero el sol todavía calienta un poco. 


Los chicos van y vienen en bici, de casa al colegio, del colegio a vagar por ahí, que todavía las tardes no son tan cortas. 


El palo borracho de frente a tu casa lo vigila todo, altivo y sereno, con su vestimenta aceitunada de la que todavía no quiere desprenderse.


A veces se nubla y entonces, entrar en Moreno hacia Lago Lacar es todo gozo. Los árboles realmente refulgen contra el cielo plateado. El roble que todavía no decide su atuendo y viste verdes, ocres y amarillos, alguna lagestrenia -tan aburrida en otros meses y tan bella en mayo-, un liquidambar aquí y otro más allá, los nobles tilos y las inmutables casuarinas en fila. Todos invitados a la fiesta del otoño. 

Las chimeneas lucen sus gorros largos, grises y etéreos. Fumattas que indican que hay vida dentro de esas casas, que hay alguien que vela por los suyos y mantiene encendido el fuego de los lares.


Aquí y allá se amontonan las hojas, los más prolijos podan en esta época y entonces, ese aroma tan característico a fogatita de hojarasca lo invade todo.

 

El fresco me hace apurar el paso, queda poco de sol y los chicos ya llegan del colegio. 


No sabes qué linda que está Bella Vista.