miércoles, 5 de junio de 2013

Como en casa

La erre arrastrada, y ese cantito tan particular al hablar. 
La calidez de la gente y su hospitalidad generosa, de puertas abiertas de par en par. 
Los imponentes cerros cargados de frondosa vegetación y las inmensidad de las montañas. 
Mi nombre dicho en diminutivo, que suena a infancia, a tíos y familia querida.
La belleza de los paisajes pintados de intensos colores y las luces del sol al atardecer. 
La tranquilidad de los habitantes de estas tierras, que contrasta con la locura porteña en la que vivo. 
El feliz rito de la siesta, costumbre ancestral que todos respetan. 
El dulce de cayote, la miel de caña, la humita en chala y las empanadas. Los tejidos de colores y las vasijas de barro.
La música, expresión de sentires que son de todos, que llena mi alma y la hace bailar al son de una cueca y añorar en las notas de una zamba o una baguala.
La historia que guarda en su interior, de gauchos valientes de Güemes, de hazañas de Belgrano y de los gloriosos días de nuestra independencia.
La vida de fe que palpita en los corazones de los que viven en este suelo, recibida de los misioneros que vinieron de España y conservada desde entonces. La Virgen de la Merced, San Francisco Solano y el Cristo del Milagro, las capillitas blancas que encuentro en cada pueblito y las imponentes catedrales con sus sonoras campanas.
Las yungas y las quebradas, la puna y los valles, todo es un canto a su Creador. 
Por todas estas cosas, Rosarito se siente como en casa cuando está en el Norte.

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