domingo, 30 de marzo de 2025

Desde la mesa de mi cocina


 

Aprovecho este ratito que tengo mientras la beba duerme y mis otros hijos tienen su rato de clases. Ya hice el budín para el té, la comida de la noche es simple porque los viernes comemos pizza, y realmente no tengo ganas de encarar los pantalones para arreglar. No me reten.

Esta mañana me llegó un articulito de difusión sobre el papel de la mujer, la maternidad y el mundo moderno[1], que abrió debate y generó simpatías y alguna bronca, la verdad sea dicha.

En líneas generales, el buen hombre dice buenas cosas y ciertas: que la mujer es el alma del hogar, que nuestra misión es santificarnos aquí, que la madre tiene que estar para los hijos y para el marido. Cosas que para mí siempre fueron verdades conocidas, pero que entiendo es bueno recordar en este mundo en el que vivimos.

Sin embargo, algunas cuestiones creo que están mal planteadas. Quizás es una estrategia de marketing, pero no lo creo... ¡¡Ser mujer es tanto más que usar pollera y hacer budines!!

Hecha esta aclaración, me gustaría responder a algunas frases que me llamaron la atención:

       Creen que cocinar es perder el tiempo”:

A mí personalmente, no me fascina cocinar. Me encanta comer rico y que todos disfrutemos de una buena comida, pero si pudiera hacerla aparecer con un chasquido, ¡me encantaría!

Cocinar es un acto humano, un acto racional que perfecciona y mejora el acto animal de buscar alimento para nutrirse. Es también un servicio a los demás (como tantos otros que hacemos todos los días): cocinamos para los nuestros, para nutrirlos, pero también para que gocen con una comida rica, para reunirnos todos alrededor de la mesa y compartir algo mucho más valioso que la comida en sí.

Pero cocinar no es un fin en sí mismo, ni algo determinante de la esencia de la mujer y madre. Conozco excelentes madres que cocinan feo y grandes cocineras que como mujeres dejan mucho que desear.

 

       Así están las cosas: las católicas “formadas” ya no quieren formar a nadie. Ni almas, ni hijos, ni pasteles”.  (los hijos -a quienes formamos- tienen alma, pero no vamos a entrar en esa)

¿A qué viene esta frase? ¿Qué significa esta generalización? Resulta que si leemos Aristóteles, o Pieper, o Chesterton eso trae como consecuencia no querer formar a nadie…Extraña conclusión, y no sé dónde habrá visto este señor a las mujeres que menciona. Me parece más bien, si es cierto aquello de que “la verdad os hará libres”, que cualquier persona que se forme en la verdad, con honestidad intelectual, necesariamente va a acercarse a la perfección y al bien y va a querer, como consecuencia, cumplir lo mejor posible con su deber de estado.

Y que las mujeres lean, estudien, aprendan, piensen y se formen, no es nada nuevo. Puede usted hojear el libro “La mujer en tiempos de las catedrales” de Regine Pernaud (una francesa genial, que por suerte no lo leyó a ud), y verá la cantidad de estudios, oficios y trabajos que hacían las mujeres en nuestra querida “edad media” o más bien Cristiandad.

Más adelante, opone cuestiones que no tienen por qué oponerse:

       “La revolución no llegó con fusiles sino con el microondas”:

No vamos a entrar acá en el papel que jugaron los Borbón en la revolución, la modernidad y la mar en coche, porque el tiempo apremia y ya se acerca la hora de cocinar otra vez (no es chiste, voy escribiendo de a pedacitos). Es una pavada exigir el pan casero, es quedarse de nuevo en lo accesorio.

       “la caída comenzó cuando la mujer dejó el hogar para “realizarse”:

¿por qué necesitó la mujer (o creyó que necesitaba) salir para realizarse? ¿Dónde estaba el hombre y qué seguridad le daba? No es cuestión de enfrentar y buscar culpables, como hace la dialéctica marxista, y me parece que la caída comenzó bastante antes, ¡con el pecado original! ¿o de verdad vamos a creer que el mundo era un lugar maravilloso y sin maldad antes de la revolución industrial?

       “Rezan novenas pero no saben coser un botón” (supongo que el que escribe sabrá sembrar con arado, arreglar todas las cosas de la casa sin necesidad de llamar a ningún técnico, y arreglará el auto también por supuesto):

De nuevo nos quedamos en las habilidades, sin ir al fondo de la cuestión. Perdón que se lo diga, pero es tan típico de la posmodernidad en la que vivimos. Y sé coser, les hago ropa a mis hijos, a veces hago cosas para mí y algunas para la casa. Esta habilidad, en sí misma, no creo que aporte ni un gramo a la santidad que tengo que alcanzar. Si lo hago para ahorrarme unos pesos, o para escuchar los aplausos alrededor, o simplemente para “desconectar y sentirme útil”, no tiene valor en la eternidad-

       “admiran a Santa Mónica pero les parece un desperdicio quedarse cuidando en casa a un hijo que no sabe leer santo Tomás”:

 Respecto de esta frase infeliz, dos cosas: de nuevo la contradicción no tiene sentido. Y puede ser que a una persona le resulte más tentador conversar sobre el ente y la esencia que cambiar otro pañal y sentarse en el piso a jugar con un autito. Son gustos, tendencias, inclinaciones. La cuestión es qué hacemos con eso.

Personalmente, a veces querría ir un ratito a sentarme al fondo de la clase de mi universidad, a escuchar a los profesores a los que no les presté tanta atención a los 20, y sin embargo acá estoy feliz con mis hijos, haciendo lo mejor que puedo, rezongando muchísimas veces y gozando de los ratos “libres” para leer alguna cosa, o escuchar alguna conferencia en el teléfono mientras cocino, o mientras me siento en el sillón y levanto los pies en la mesa ratona, que también es lícito y muy necesario.

Hay una idealización romántica de todo esto que no es buena y sólo lleva a desengaños y frustraciones. La maternidad es un don, es maravillosa pero no es todo florcitas y manteles cuadrillé. Lavar colas sucias, limpiar vómitos, insistir mil veces para que guarden los juguetes, tratar de disfrazar un arroz pasado, levantarse mil veces por la noche, no está bueno. Pero por supuesto, tampoco hay que quedarse en eso, a veces la virtud está en sobrellevar, en soportar.

Hoy la sociedad en la que vivimos gira sobre una rueda que nos exige tener y hacer. En muchos ámbitos sociales esta exigencia está en tener el último auto, el último celular, viajar y viajar, vivir experiencias, y hacer todo lo posible para lograr el mayor éxito profesional. En otros ámbitos más cercanos, veo la misma rueda de tener y hacer, aunque dirigida a otros productos: tener los libros más bellos, los vestidos de géneros super, el mantel cuadrillé y la casa divina con deco campera pero canchera, hacer el pan casero, hacer la huerta, hacer mil actividades con los chicos, hacer, hacer, hacer, de nuevo. Y con tanta exigencia en el hacer y el tener, nos estamos olvidando del SER, y ese es el gran mal de esta época. Nos olvidamos que tenemos que ser verdaderas mujeres, y ser mujeres santas. Y para eso hay que cultivar virtudes que nos perfeccionen en el ser, no habilidades que nos hagan más exitosas. ¿De qué me sirve hacer el mejor pan de la comarca o tener un jardín divino si eso me impide escuchar a un hijo y cultivar la paciencia?... “En el atardecer de la vida seremos juzgados en el amor” decía San Juan de la Cruz. Y todo lo demás es vanidad de vanidades. Sí, todo. El pan casero y los colores pastel también. Y los libritos divinos en la biblioteca de los chicos también. Todo, si no tiene el Amor como motor.

La grandeza del ser está en ser lo que es, aunque suene a trabalenguas, “llega a ser lo que eres” decía Píndaro. Un gran fraile dominico de nuestro tiempo, Fray Armando Diaz, decía: “La verdadera grandeza de la mujer, su real nobleza es considerarla en función de Dios, del misterio de la creación. Es volver a la verdad permanente y estable, al misterio profundo”[2]. Quizás, mas que volcarnos a debatir durante horas si el pan casero o el pan bimbo, si leemos o cosemos, es necesario volver a reflexionar sobre la naturaleza del ser mujer, la mujer como ser que da vida, la mujer como madre y reina del hogar, como ayuda y complemento del varón. Pero esto quizás amerita escribir varias páginas más y ya es hora de bañar a los chicos y preparar la comida, quedará para otra ocasión.

 

 

 



[2] P. Fr. ARMANDO DIAZ O.P, La mujer y el misterio Ed.Universidad Católica de Santa Fe, pag 37.


11 comentarios:

  1. 👌🏻👏🏻👏🏻

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  2. ¡Muy bueno Rosario! Además, seguro que el autor del artículejo canta la cancioncita en la que un guerrero cómodamente exige que le calcen las alpargatas, le pasen la boina y le carguen el fusil...

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    1. Cuanto resentimiento a tu edad, Ricardo. Peor que lo que escribe el tal Óscar. No va por ahí.

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    2. Querido anónimo de las 20.57. Nada de resentimiento. En todo caso divertimento....

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  3. Por lo demás, excelente reflexión. Y hay mucho más que decir, pero primero hay que decir sobre el hombre. Adán, Adán, ¿Porqué te dejaste persuadir? ...

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  4. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  5. Gracias Rosario por tomarte el tiempo de contestar ese artículo que me había llegado y me dejó el alma triste.
    Me animo a decir que es gracias a tus estudios y formación que podes encontrar y denunciar con tanta altura y caridad (propio de una gran mujer) tantos sin sentidos y frases hechas que tiene el artículo.
    Las mujeres en todas las épocas hemos hecho de todo. Siempre pensando en educar y apoyar y generar vida, seamos madres o no. Esa capacidad de crear es dada por Dios a nuestro sexo. Si hoy se puede estudiar y formarse para hacerlo mejor, es nuestro deber hacerlo mientras sea con virtud y equilibrio. Cómo en todas las épocas, las mujeres católicas tendremos la mirada puesta en la eternidad y en Dios. Para nosotras y nuestros hijos. Como? Usando los talentos que Dios nos dio, que para algo nos hizo así

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  6. Tampoco le demos el gusto al diablo. ¡Qué mejor para él que nos peleemos entre católicos!. Cada uno a hacer lo suyo lo mejor posible dentro de sus circunstancias!!

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