martes, 18 de septiembre de 2012

Los colores del mundo



«El cielo proclama la gloria de Dios,
el firmamento pregona la obra de sus manos:
el día al día le pasa el mensaje,
 la noche a la noche se lo susurra»
(Salmo 18, 2-3)

Noúmeno, postulado, Kant….Palabras sueltas que voy  escuchando cada vez más lejos. Hacía rato que había dejado de comprender las frases dichas a modo de ping-pong entre el profesor y mis compañeros. 
No podría asegurar el momento exacto en el que se abrió la ventana de la clase, y salí a través de ella, enredada en un barrilete colorado y azul.
Allí afuera corría una brisa fría.  Caían gotitas casi heladas de lluvia. Apenas podía verse la silueta de la cúpula de la basílica, a través de la niebla espesa que lo invadía todo. Tuve que sacudir un poco los brazos para elevarme más rápido, y no enganchar el hilo del barrilete con la negra e imponente cruz dominica de hierro firuleteado que se alzaba altiva entre jirones algodonados de bruma.
Los pájaros pasaban a mi lado, buscando refugio seguro, antes de que estallara la tormenta.  Abajo, la gente corría de un lado a otro, sin mirarse demasiado. Me parecían todos autómatas grises, yendo hacia ningún lado.
Avance unas cuadras, y  volví a bajar un poco. Comencé a ver que también había otro tipo de personas que habitaban mi ciudad; no eran todas grises. Allí, un chico de buzo celeste  tocaba la guitarra en una esquina, regalando sus canciones a todo aquel que quisiera escucharlo. Un poco mas allá, una veinteañera de piloto verde,  libretita en mano, esbozaba la silueta de un jacarandá que esperaba todavía que llegaran sus flores. Y el niño aquel, el de remera amarilla, había entregado su globo que traía de un cumpleaños, como quien comparte un tesoro, a una viejita arrugada que caminaba sin rumbo.
Seguí mi viaje, desconociendo donde terminaría, porque no era yo la que guiaba, sino mi barrilete.  Sobrevolamos avenidas, plazas, la torre famosa, el monumento a los caídos en Malvinas y el de San Martín, hasta llegar al tren. Como estaba en las alturas, tomé asiento en el techo de un vagón y mi barrilete se quedó quietito a mi lado. Algunos niños me saludaban, me sonreían, o aplaudían divertidos al verme allí instalada, pero los adultos no percibían mi presencia.
Fuimos pasando las estaciones. Palermo, chacharita, Paternal…Devoto y su pintoresca placita a un costado,  Caseros, Palomar, con sus aviones de un lado, y el imponente Colegio del otro; Hurlingam y su arboleda… Al llegar a Bella Vista, la cola de mi barrilete comenzó a agitarse, y enredándome de nuevo,  remontamos vuelo. Salimos con cuidado, esquivando árboles y plomizas nubes, mojándonos apenas con la fina garúa.
 En una esquina del cielo asomó tímido el sol y me regaló un arcoiris. Quise tirarme por él como si fuera un tobogán. ¡Que linda sensación de carcajadas, y música por dentro! Fue una caída veloz. Me levanté del suelo, y  reconocí el lugar enseguida. Estábamos en la entrada de la casa de mis abuelos.  Sin tocar el timbre, me asomé por la ventana y contemplé la escena.  Allí estaban los dos, sentados en el sillón. Él le leía un libro que comentaban los dos.
Así transcurren muchos ratos  de estos últimos años. Ella hace tiempo que no puede ver con los ojos del cuerpo las bellezas de este mundo, y guarda en su memoria ya gastada, sólo algunas. Y por eso él, todas las tardes le pinta con su voz relatos y recuerdos, llenos de colores alegres y brillantes.
Comprendí que los colores en el mundo tenían una causa  más profunda: el Amor. Sí, pero el Amor así, con mayúscula. Porque Aquél que nos creó, podría no haber hecho, quizás a las cosas impregnadas de Su Belleza. Aquél que hizo los naranjos, podría haberlos hecho sin azahares;  Aquél que puso lo árboles que dan sombra y frutos, podría no haberles dado  formas tan bellas y quizás podría no haber creado los colores del otoño. Pero quiso en cambio que descubriéramos su Amor, al llegar a casa y sentir el perfume invasor de los azahares; al mirar hacia arriba y descubrir la perfección de un paraíso, un plátano o un liquidámbar; al llegar a la cima de una montaña y ver que todo es nada… al asomar por una ventana y descubrir, en el amor de un matrimonio viejito, pero fuerte como un roble añoso,  al Amor del Creador por sus creaturas.

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