Aprovecho este ratito que tengo mientras la beba duerme y
mis otros hijos tienen su rato de clases. Ya hice el budín para el té, la
comida de la noche es simple porque los viernes comemos pizza, y realmente no
tengo ganas de encarar los pantalones para arreglar. No me reten.
Esta mañana me llegó un articulito de difusión sobre el
papel de la mujer, la maternidad y el mundo moderno[1], que abrió debate y generó
simpatías y alguna bronca, la verdad sea dicha.
En líneas generales, el buen hombre dice buenas cosas y
ciertas: que la mujer es el alma del hogar, que nuestra misión es santificarnos
aquí, que la madre tiene que estar para los hijos y para el marido. Cosas que
para mí siempre fueron verdades conocidas, pero que entiendo es bueno recordar
en este mundo en el que vivimos.
Sin embargo, algunas cuestiones creo que están mal
planteadas. Quizás es una estrategia de marketing, pero no lo creo... ¡¡Ser
mujer es tanto más que usar pollera y hacer budines!!
Hecha esta aclaración, me gustaría responder a algunas
frases que me llamaron la atención:
●
“Creen que cocinar es perder el tiempo”:
A mí personalmente, no me fascina
cocinar. Me encanta comer rico y que todos disfrutemos de una buena comida,
pero si pudiera hacerla aparecer con un chasquido, ¡me encantaría!
Cocinar es un acto humano, un acto
racional que perfecciona y mejora el acto animal de buscar alimento para
nutrirse. Es también un servicio a los demás (como tantos otros que hacemos
todos los días): cocinamos para los nuestros, para nutrirlos, pero también para
que gocen con una comida rica, para reunirnos todos alrededor de la mesa y
compartir algo mucho más valioso que la comida en sí.
Pero cocinar no es un fin en sí
mismo, ni algo determinante de la esencia de la mujer y madre. Conozco
excelentes madres que cocinan feo y grandes cocineras que como mujeres dejan
mucho que desear.
● “Así están las cosas:
las católicas “formadas” ya no quieren formar a nadie. Ni almas, ni hijos, ni
pasteles”. (los hijos -a
quienes formamos- tienen alma, pero no vamos a entrar
en esa)
¿A qué viene esta frase? ¿Qué significa esta generalización?
Resulta que si leemos Aristóteles, o Pieper, o Chesterton eso trae como
consecuencia no querer formar a nadie…Extraña conclusión, y no sé dónde habrá
visto este señor a las mujeres que menciona. Me parece más bien, si es cierto
aquello de que “la verdad os hará libres”, que cualquier persona que se forme
en la verdad, con honestidad intelectual, necesariamente va a acercarse a la
perfección y al bien y va a querer, como consecuencia, cumplir lo mejor posible
con su deber de estado.
Y que las mujeres lean, estudien, aprendan, piensen y se
formen, no es nada nuevo. Puede usted hojear el libro “La mujer en tiempos de
las catedrales” de Regine Pernaud (una francesa genial, que por suerte no lo
leyó a ud), y verá la cantidad de estudios, oficios y trabajos que hacían las
mujeres en nuestra querida “edad media” o más bien Cristiandad.
Más adelante, opone cuestiones que no tienen por qué
oponerse:
● “La revolución no
llegó con fusiles sino con el microondas”:
No vamos a entrar acá en el papel que jugaron los Borbón en
la revolución, la modernidad y la mar en coche, porque el tiempo apremia y ya
se acerca la hora de cocinar otra vez (no es chiste, voy escribiendo de a
pedacitos). Es una pavada exigir el pan casero, es quedarse de nuevo en lo
accesorio.
● “la caída comenzó
cuando la mujer dejó el hogar para “realizarse”:
¿por qué necesitó la mujer (o creyó que necesitaba) salir
para realizarse? ¿Dónde estaba el hombre y qué seguridad le daba? No es
cuestión de enfrentar y buscar culpables, como hace la dialéctica marxista, y
me parece que la caída comenzó bastante antes, ¡con el pecado original! ¿o de
verdad vamos a creer que el mundo era un lugar maravilloso y sin maldad antes
de la revolución industrial?
● “Rezan novenas
pero no saben coser un botón” (supongo que
el que escribe sabrá sembrar con arado, arreglar todas las cosas de la casa sin
necesidad de llamar a ningún técnico, y arreglará el auto también por
supuesto):
De nuevo nos quedamos en las habilidades, sin ir al fondo de
la cuestión. Perdón que se lo diga, pero es tan típico de la posmodernidad en
la que vivimos. Y sé coser, les hago ropa a mis hijos, a veces hago cosas para
mí y algunas para la casa. Esta habilidad, en sí misma, no creo que aporte ni
un gramo a la santidad que tengo que alcanzar. Si lo hago para ahorrarme unos
pesos, o para escuchar los aplausos alrededor, o simplemente para “desconectar
y sentirme útil”, no tiene valor en la eternidad-
●
“admiran a Santa Mónica pero les parece un desperdicio
quedarse cuidando en casa a un hijo que no sabe leer santo Tomás”:
Respecto de esta frase infeliz, dos cosas: de
nuevo la contradicción no tiene sentido. Y puede ser que a una persona le
resulte más tentador conversar sobre el ente y la esencia que cambiar otro
pañal y sentarse en el piso a jugar con un autito. Son gustos, tendencias,
inclinaciones. La cuestión es qué hacemos con eso.
Personalmente, a veces querría ir un ratito a sentarme al
fondo de la clase de mi universidad, a escuchar a los profesores a los que no
les presté tanta atención a los 20, y sin embargo acá estoy feliz con mis
hijos, haciendo lo mejor que puedo, rezongando muchísimas veces y gozando de
los ratos “libres” para leer alguna cosa, o escuchar alguna conferencia en el
teléfono mientras cocino, o mientras me siento en el sillón y levanto los pies
en la mesa ratona, que también es lícito y muy necesario.
Hay una idealización romántica de todo esto que no es buena
y sólo lleva a desengaños y frustraciones. La maternidad es un don, es
maravillosa pero no es todo florcitas y manteles cuadrillé. Lavar colas sucias,
limpiar vómitos, insistir mil veces para que guarden los juguetes, tratar de
disfrazar un arroz pasado, levantarse mil veces por la noche, no está bueno. Pero por supuesto,
tampoco hay que quedarse en eso, a veces la virtud está en sobrellevar, en
soportar.
Hoy la sociedad en la que vivimos gira sobre una rueda que
nos exige tener y hacer. En muchos ámbitos sociales esta exigencia está en
tener el último auto, el último celular, viajar y viajar, vivir experiencias, y
hacer todo lo posible para lograr el mayor éxito profesional. En otros ámbitos
más cercanos, veo la misma rueda de tener y hacer, aunque dirigida a otros
productos: tener los libros más bellos, los vestidos de géneros super, el
mantel cuadrillé y la casa divina con deco campera pero canchera, hacer el pan
casero, hacer la huerta, hacer mil actividades con los chicos, hacer, hacer,
hacer, de nuevo. Y con tanta exigencia en el hacer y el tener, nos estamos
olvidando del SER, y ese es el gran mal de esta época. Nos olvidamos que
tenemos que ser verdaderas mujeres, y ser mujeres santas. Y para eso hay que
cultivar virtudes que nos perfeccionen en el ser, no habilidades que nos hagan
más exitosas. ¿De qué me sirve hacer el mejor pan de la comarca o tener un
jardín divino si eso me impide escuchar a un hijo y cultivar la paciencia?...
“En el atardecer de la vida seremos juzgados en el amor” decía San Juan de la
Cruz. Y todo lo demás es vanidad de vanidades. Sí, todo. El pan casero y los
colores pastel también. Y los libritos divinos en la biblioteca de los chicos
también. Todo, si no tiene el Amor como motor.
La grandeza del ser está en ser lo que es, aunque suene a
trabalenguas, “llega a ser lo que eres” decía Píndaro. Un gran fraile dominico
de nuestro tiempo, Fray Armando Diaz, decía: “La verdadera grandeza de la
mujer, su real nobleza es considerarla en función de Dios, del misterio de la
creación. Es volver a la verdad permanente y estable, al misterio profundo”[2].
Quizás, mas que volcarnos a debatir durante horas si el pan casero o el pan
bimbo, si leemos o cosemos, es necesario volver a reflexionar sobre la
naturaleza del ser mujer, la mujer como ser que da vida, la mujer como madre y
reina del hogar, como ayuda y complemento del varón. Pero esto quizás amerita
escribir varias páginas más y ya es hora de bañar a los chicos y preparar la
comida, quedará para otra ocasión.
